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La mirada poliédrica.

Planos, colores.
Trazos cruzados, amalgamados, señalizados.
Modelados y pinturas académicas aprehendidas de trazo firme y seguro. Paisajes tiernos, emotivos, visionarios y retratos penetrantes impregnados de espíritus yuxtapuestos y/o amigables; como los del artista y el modelo. Ambos frente a frente suspendidos por el misterioso asombro de lo impenetrable. La realidad imaginaria y la ficticia.
La atmósfera, el vacío repleto de inexactitud.
¿Qué modelos orientan a Cesc Font Raich? Muchos y ninguno.


Apareció acompañado, penetró en mi mundo como un vendaval perdido y estático a la vez, como una ráfaga permanente.
Me dijo: he soñado ganchos, trazos y garabatos. Y lo invadió todo. Las paredes, los muebles, las telas de pintar y los tejidos otros.
Todo en blanco y negro. Y sus confluencias.
Una tarde al contemplar el suceso, pensativos ambos, me dijo en tono casi imperceptible: he soñado Jackson Pollock.

Cuando no estaba, el espacio seguía lleno.
Iba y venía de la Facultad a casa y al salir, a veces, se perdía. En su mundo, con sus formas.
Cuando llegaba se sentaba en un cómodo sillón frente al caballete. Sus manos eran la prolongación de sus cuadros. Siempre pintadas de colores, también cuando desayunábamos.
El espacio era majestuoso y él lo engrandecía más. Teníamos distancia para pintar, para disfrutar y para pasear.


Su propio universo está lleno de color. Cesc no concibe un entorno sin su intervención. Bien porque lo repinta todo o porque lo baña con su mirada saturada deformas y colores. Como si quisiera que viésemos a través de su propio espíritu.

Del mismo modo recoge piedrecillas del camino y las señaliza con formas y colores, luego las coloca junto a pinceles pintados nuevamente, reinventándose el uso de la brocha útil para pintar (embadurnada) y ser pintada como obra estética, (embellecida).

Todo ello colocado en una cesta a su vez pintada, de nuevo útil para albergar y para ser trabajada como obra plástica.

Y así en una infinita sucesión de objeto dual; útil para laborar y para ser pintado, puede encuadrare su obra perfectamente encajada en una divina proporción, sin principio ni fin, en escalera ascendente y descendiente como los dibujos imposibles de “Maurits Cornelis Escher”, en un orden aleatorio y perfecto.

La obra de Cesc es abrumadoramente atmosférica y plana. Pero no a la vez, en la misma obra; sino según la secuencia o la intención y el soporte.
Es cambiante y original. No se presta a confusión. Su factura es personal.

Cesc es un trabajador incansable, obsesivo, como si el tiempo se adelantase a su paso.

Cesc es obstinado en su cometido y persiste. Su obra fluye de entre sus idealizaciones y sus manos.

Con el tiempo se desvelará que fue un genio surgido de los 80 del siglo XX, con esa mezcla de “post-modernismo”, “Action Painting” y “Land Art” sui generis.


María-José Vela/2015
Licenciada en Bellas Artes

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